Ya hace casi dos años que vivo en esta
casa. No es muy barata, pero parecía ideal. Un ático de una
habitación en el barrio de mi infancia. Sin ascensor. Muy luminoso y
con vistas a los huertos. Una terraza comunitaria puerta con puerta
que me permite invitar a mis amig@s a
picnics en el solecito. Alejado del tráfico y de los niños que
juegan en la plaza. Silencioso. El único inconveniente que me
plantea la casera, es que durante un par de meses sufriré las obras
de reforma de la fachada. Como me parece una maravilla, asumo el
riesgo.
Me traslado en Mayo. Sobre Julio
empiezan las obras, pero no las de la fachada, si no las del piso de
abajo, que han decidido que el mío es precioso y quieren uno igual.
Eso implica la visita de los dueños del piso de abajo, que quieren
coger ideas. La excusa es que son arquitectos y así se aseguran de
no tirar nada que aguante el peso del edificio. Y necesitan dos
visitas. La realidad es que son la típica clase alta catalana que se
creen los dueños del mundo y mantienen la equivocada idea que el
dinero equivale buena educación cuando en realidad no saben ni qué
significa eso. No saludan al entrar y hablan de mi piso como si yo no estuviera presente. Tienen además la desfachatez de comentarme que no saben cómo antiguamente han vivido aquí un matrimonio con hijos si no hay espacio (sus vecinos de toda la vida, los dueños reales). Pasamos pues a sufrir dos meses de ruidos de tirar
paredes abajo, capas de polvo diarias por toda la casa y obreros
inútiles que deciden llamar a mi timbre cada vez que sus compañeros
no les abren en el piso que corresponde. La alternativa que
encuentran es dejar la puerta de la calle abierta, lo que provoca que
tenga que echar a una yonqui que intenta robarme escaleras abajo. Los
obreros han de entrar tres veces en mi casa, por un tema del canal de
agua de la lavadora y un agujero que le hacen a mi suelo al agujerear
el techo de abajo.
Nada más acabar empalmamos, ahora sí,
con las obras de la fachada. Un andamio en mi balcón, siempre
ocupado por un par de hombretones que me saludan cada mañana. Está
bien. Esto lo había asumido. Dos meses viviendo en la oscuridad.
Pero no había asumido que encontraran divertido vacilarle al gato o
tener que pedirles que dejen de maullar porque resultan molestos. No
asumí para nada que para recolocar el tendedero los obreros tuvieran
que entrar tres días en mi piso, porque parece ser que es una
operación de suma dificultad como para hacerla bien a la primera.
Tendedero que ha quedado torcido y con las cuerdas flojas, por lo que
tender la ropa es un tetris de equilibrio y precisión.
Parecía que recuperaba la calma, pero
un día durante este verano, al entrar en casa... El suelo blanco de
polvo de nuevo. Obras en el segundo. Para qué avisar. Piso que pertenece, claro está,
a la misma familia. Que han pensado que como el mío y el 3º son tan
preciosos, todos merecemos un piso igual. Dos meses más de tirar
paredes, cortar baldosas y vivir intoxicada. Porque en verano no se puede vivir a
ventana cerrada. Bowie sufrió sus primeros baños por llegar al
viernes pareciendo un gatito callejero. Nuevamente obreros en mi
casa, porque no les abren el timbre, porque han de mirar la
instalación de luz, la del telefonillo... Me planteo el traslado y
empiezo a mirar pisos, pero hablando con mi chico y ante un traslado
previsto a medio plazo, decido que igual me interesa más aguantarme
y ahorrar dinero de fianza y transportistas.
Qué gran error!!!!
Parecía que la cosa se había calmado,
pero llegan las fiestas y con ellas los nuevos vecinos del 3º, que
alternan peleas a gritos con sexo más escandaloso aun. Pero esto no
es molestia en especial, porque total, cada uno en su casa que haga
lo que quiera mientras no entorpezca la vida en la mía. Eso sí,
peleas en catalán, de niños de papá, que me traen horribles
recuerdos y la idea de que este edificio está contaminado.
Un whatsapp de la casera dónde me anuncia que el día 2 de enero ha quedado (sin preguntarme!!!) con los antenistas que pasarán por mi piso porque hay que modernizar la instalación. Super importante para que la familia del bloque tenga tv. Lástima que yo no la vea nunca, porque hay que entrar en mi piso sí o sí. Le hago ver que es puente navideño y que además la gente trabaja. Pero ellos no entienden de horarios. El dinero compra tiempo. Así que al final el día 7 mi madre tiene que hacerme el favor (¿Y van diez veces que han tenido que venir mis padres para abrir la puerta a desconocidos?) de venir a abrir a los antenistas.
Esa misma mañana, antes de que ella
llegue, me meto en la ducha como siempre, antes de ir a trabajar.
Nada más encender el agua, tengo la sensación que el grifo tiembla
y a mí se me duerme el brazo. Tardo unos segundos en entender: ¡Me
estoy electrocutando! Salgo de la ducha, el brazo hormigueando y
bastante alucinada. Aviso a la casera que me dice más tarde que el
tema está solucionado, que era un problema de electricidad en el
bajo (ui! La hermana de la familia rica que me faltaba por
presentaros!) Le pido que me mande a mí al electricista para
comprobar los voltios de mi ducha. Nooooo que dicen los ricos que ya
está todo bien. Pues que vengan esos nobles y se metan ellos en mi
ducha. Enésimo rifi-rafe con la casera por historias de los vecinos.
Aun nadie ha venido ni vendrá y yo no podré seguir duchándome en
el gimnasio para siempre. Me están pidiendo una prueba de fe, pero
que si sale mal acabará en los juzgados.
No he comentado además que el único
día que encendí el aire acondicionado casi explosiona (tuvo que
venir mi padre a abrirle la puerta al técnico), que a los diez días
de instalarme la puerta se rajó de arriba a abajo por el cambio de
temperatura (sí, mi padre estuvo 3 días aquí mientras la reparaban
y pintaban) y que hay una cocina eléctrica que gasta tanto que no
puedo encender más de dos fuegos (y del horno olvidaos) sin que
salten los plomos. Una factura de luz brutal y con la necesidad de
contratar una tarifa que me dejaría sin comer la última semana,
cosa que me niego.
Y así es como en menos que canta un
gallo un piso que parecía ideal se ha convertido en un piso que me
asquea. Del que me muero por marchar. Del que os recomendaré cuando
lo haga, encarecidamente y con la mejor de las intenciones, que no lo
alquiléis, que no vale la pena. Vivireis a expensas de la nobleza
catalana de Horta. Y no es agradable que te traten como basura por no
tener su dinero. Eso sí, que no os hagan sentir mal. Yo, si tener su
dinero implica tener sus modales y las ideas de Yupi que les pasan
por la cabeza, prefiero seguir con mi economía de guerra, haciendo
pocas cositas pero con gente a la que quiero y con respeto a los
demás.
"-¿Nunca te sientes como una pieza de
ajedrez, en una partida que se juega sin tu voluntad?
-¿Tu si?
-Constantemente." (La reina Victoria)