"Mi querido amigo, si alguna vez te juzgan por eso en el cielo, solo espero poder estar a tu lado para ayudarte a inventar una buena excusa."
"Pero esa existencia, que él era el primero en calificar de patética, no era voluntaria, sino inevitable. Aunque hubiera querido vivir de un modo diferente, no habría podido hacerlo: los variados espectáculos y exposiciones de la metrópoli lo cansaban y aburrían, pues aquel baldeo de emociones estéticas más que ayudarle a refinar su espíritu lo que conseguía era revelar su triste tosquedad."
"Y sobretodo supo que aquella niña tenía miedo, muchísimo miedo, porque la mujer en que se hallaba encerrada la estaba asfixiando lentamente y muy pronto no quedaría el menor rastro de ella."
"Porque si hubiera sabido que un día sería imposible soñar, no habría dejado nunca de hacerlo... No, no lo habría hecho. Habría tomado otra decisión. Y ahora no sé cómo recuperar el tiempo perdido. Por eso lloraba. Por el tiempo perdido, por los sueños perdidos... ¿Adónde van los sueños que no se sueñan [...]?"
"Porque una cosa tenía clara: él se construiría una nueva vida - sí, qué otra alternativa tenía -, pero esa vida sería lo más parecido a existir por pura inercia, porque nunca podría considerarla suya. Sería una vida reducida a lo esencial, podada de todo cuanto no fuera el acto de comer o respirar."
viernes, 15 de junio de 2012
lunes, 11 de junio de 2012
Escena final
Toni no soporta que ella no le quiera.
No se imagina la vida sin Lucía. Tenía planes: boda, niños,
vacaciones en la playa, películas en el sofá... Pero ella ha
preferido el riesgo, los imprevistos, no tener planes ni
organización. Y así, con una decisión ajena, los suyos se han ido
a la mierda. No quiere seguir adelante. No tiene sentido ni
finalidad. Lo ve acercarse, calcula el momento y salta.
María tiene prisa. Ha salido tarde del trabajo y la canguro hace rato que debería haberse ido. La reunión se ha alargado demasiado y ni siquiera ha tenido tiempo de avisarla para que se pudiera organizar. Decide atajar. No oye el tren. Es el último atajo que coje.
Rebeca acaba de salir del médico. Cáncer. No puede enfrentar los meses de tratamiento por las pocas posibilidades que le han ofrecido los médicos. No podrá resistir las miradas de su familia. Prefiere saltar.
Ninguno de ellos piensa en los demás. Es su momento. Su escena final. Pero mientras, Carlos va en el tren, ilusionado hacia su primera cita. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podrá justificar llegar una hora tarde? ¿Se esperará ella? Pedro ha salido cansado de trabajar. No esperaba aguantar toda la jornada, tras pasar el fin de semana a base de antiinflamatorios, pero no ha sido tan duro. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? Los asientos empiezan a hacer efecto en sus lesiones. Carla está ilusionada. Hace un mes que compró las entradas para el teatro. La obra empieza en breve. Las entradas están agotadas para toda la temporada. Ella fue rápida. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿En serio va a quedarse sin ver la obra? Laura vuelve del viaje. Sueña con la ducha y la lavadora. Va hablando con Pablo, que va a coger un tren en Sants. El contraste entre el que inicia unas vacaciones y la que vuelve. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿Cuándo llegarán a su destino?
Y así es como sin planearlo, Toni, María, o Rebeca, se convierte en una de esas personas que en un ataque de egocentrismo no sólo arruinan su vida y la de su familia, sino que también trastocan cientos de ellas, realizando una gran escena final. Consiguiendo su minuto de gloria. O eso creen. Porque a la hora de la verdad, cuando reanuden el viaje del tren, Carlos y Carla hace rato que han cogido un autobús, porque ellos si tienen un motivo para seguir viviendo el día. Pedro se ha metido tanto en el libro que lee que ni se entera cuando pasa por el punto negro. Laura y Pablo están encantados del rato pasado esperando, y piensan, en silencio, cuándo será la próxima vez que se vean. Porque la vida sigue. Porque al final, su última gran escena, no ha sido más que un pequeño inconveniente en el ritmo diario de todos los demás, que cuando se acuesten más tarde que de costumbre, en lo único que pensarán es en lo poco que falta para que suene el despertador.
María tiene prisa. Ha salido tarde del trabajo y la canguro hace rato que debería haberse ido. La reunión se ha alargado demasiado y ni siquiera ha tenido tiempo de avisarla para que se pudiera organizar. Decide atajar. No oye el tren. Es el último atajo que coje.
Rebeca acaba de salir del médico. Cáncer. No puede enfrentar los meses de tratamiento por las pocas posibilidades que le han ofrecido los médicos. No podrá resistir las miradas de su familia. Prefiere saltar.
Ninguno de ellos piensa en los demás. Es su momento. Su escena final. Pero mientras, Carlos va en el tren, ilusionado hacia su primera cita. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podrá justificar llegar una hora tarde? ¿Se esperará ella? Pedro ha salido cansado de trabajar. No esperaba aguantar toda la jornada, tras pasar el fin de semana a base de antiinflamatorios, pero no ha sido tan duro. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? Los asientos empiezan a hacer efecto en sus lesiones. Carla está ilusionada. Hace un mes que compró las entradas para el teatro. La obra empieza en breve. Las entradas están agotadas para toda la temporada. Ella fue rápida. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿En serio va a quedarse sin ver la obra? Laura vuelve del viaje. Sueña con la ducha y la lavadora. Va hablando con Pablo, que va a coger un tren en Sants. El contraste entre el que inicia unas vacaciones y la que vuelve. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿Cuándo llegarán a su destino?
Y así es como sin planearlo, Toni, María, o Rebeca, se convierte en una de esas personas que en un ataque de egocentrismo no sólo arruinan su vida y la de su familia, sino que también trastocan cientos de ellas, realizando una gran escena final. Consiguiendo su minuto de gloria. O eso creen. Porque a la hora de la verdad, cuando reanuden el viaje del tren, Carlos y Carla hace rato que han cogido un autobús, porque ellos si tienen un motivo para seguir viviendo el día. Pedro se ha metido tanto en el libro que lee que ni se entera cuando pasa por el punto negro. Laura y Pablo están encantados del rato pasado esperando, y piensan, en silencio, cuándo será la próxima vez que se vean. Porque la vida sigue. Porque al final, su última gran escena, no ha sido más que un pequeño inconveniente en el ritmo diario de todos los demás, que cuando se acuesten más tarde que de costumbre, en lo único que pensarán es en lo poco que falta para que suene el despertador.
“Estoy solo,
pero no soy el único que lo está, todos estamos solos, solos para
siempre.” (Diario de un rebelde)
martes, 5 de junio de 2012
El bucle de la vida
Domingo. 8:30am. Intento leer en el
tren mientras una fogosa pareja decide que no puede esperar llegar a
su casa ni a un hotel, ante la atenta, divertida, y parece que
satisfecha mirada de su amigo. El resto del vagón fingimos seguir
enfrascados en nuestro libro, nuestra música, o esas cabezadas
matinales. Unos con más éxito que otros. Pero a ellos no parece
molestarles. Se bajan un par de paradas después. Ella se mira en la
ventana desde la parte exterior del vagón, intentando colocar de
nuevo cada pelo en su sitio.
Retomo el libro con una nueva y revitalizada concentración, y a punto de llegar a la siguiente estación, una voz masculina pregunta a la chica que va sentada detrás mío si el tren va dirección Barcelona. Ante la respuesta afirmativa, el propietario de la voz, un chaval de no más de 20 años, encamisado, con pinta de niño bien, entra en pánico y se lanza contra la puerta. Pero el silbato de aviso ya suena, y de nuevo arrancamos, mientras él grita “¡No se abre!” Le cuenta a la chica que lleva más de dos horas así, intentando llegar a su destino “pero las puertas no se abren y debo dar la vuelta”. Le pide hacer una llamada con su móvil, porque él no tiene batería y le gustaría poder avisar a su padre de que está bien. Mientras ella marca el teléfono le advierte que si se pasa la siguiente parada, ya anunciada, llegará a Barcelona. Él decide no hacer la llamada y bajar del tren. Atraviesa el vagón diciendo: “Y así llevo dos horas, de aquí para allá, pero nunca llego”. Cuando ya no está, el resto del vagón no sabe si cruzar miradas. Se escucha una voz: “¿pero ese chico tenía un problema, no?” “¿Uno sólo?”, pienso, mientras de nuevo vuelvo a mi libro.
Pero no me lo quito de la cabeza. Hace unos meses hablaba con una amiga del fenómeno de las circularidades: esforzarte hasta el máximo nivel de tu energía para acabar dando una vuelta completa y aparecer en el punto de partida. Hablábamos de los mundos laboral y formativo. De hipotecas y alquileres. ¿Pero puede una definición tan abstracta como esta concretarse en un chaval metido en un bucle de recorridos ferroviarios? ¿Seguirá en algún tren, esforzándose por llegar a un punto que nunca está, que siempre se convierte de nuevo en el principio? ¿Es lo que hacemos todos? ¿Perdemos trenes y destinos porque las puertas no se abren y algún gamberro ha robado el martillo que rompería las ventanas?
“¿No te ocurre nunca que el mundo te supera por todas partes?” (Mi vida sin mí)
Retomo el libro con una nueva y revitalizada concentración, y a punto de llegar a la siguiente estación, una voz masculina pregunta a la chica que va sentada detrás mío si el tren va dirección Barcelona. Ante la respuesta afirmativa, el propietario de la voz, un chaval de no más de 20 años, encamisado, con pinta de niño bien, entra en pánico y se lanza contra la puerta. Pero el silbato de aviso ya suena, y de nuevo arrancamos, mientras él grita “¡No se abre!” Le cuenta a la chica que lleva más de dos horas así, intentando llegar a su destino “pero las puertas no se abren y debo dar la vuelta”. Le pide hacer una llamada con su móvil, porque él no tiene batería y le gustaría poder avisar a su padre de que está bien. Mientras ella marca el teléfono le advierte que si se pasa la siguiente parada, ya anunciada, llegará a Barcelona. Él decide no hacer la llamada y bajar del tren. Atraviesa el vagón diciendo: “Y así llevo dos horas, de aquí para allá, pero nunca llego”. Cuando ya no está, el resto del vagón no sabe si cruzar miradas. Se escucha una voz: “¿pero ese chico tenía un problema, no?” “¿Uno sólo?”, pienso, mientras de nuevo vuelvo a mi libro.
Pero no me lo quito de la cabeza. Hace unos meses hablaba con una amiga del fenómeno de las circularidades: esforzarte hasta el máximo nivel de tu energía para acabar dando una vuelta completa y aparecer en el punto de partida. Hablábamos de los mundos laboral y formativo. De hipotecas y alquileres. ¿Pero puede una definición tan abstracta como esta concretarse en un chaval metido en un bucle de recorridos ferroviarios? ¿Seguirá en algún tren, esforzándose por llegar a un punto que nunca está, que siempre se convierte de nuevo en el principio? ¿Es lo que hacemos todos? ¿Perdemos trenes y destinos porque las puertas no se abren y algún gamberro ha robado el martillo que rompería las ventanas?
“¿No te ocurre nunca que el mundo te supera por todas partes?” (Mi vida sin mí)
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