Ayer fui al teatro. Asier Etxeandia.
Una de las cosas que más echo de menos de no vivir en Madrid es
poder ir a verle cada vez que estrena algo. Y después de lo de ayer,
espero que no deje de presentar en Barcelona, aunque sea un sólo
día. Allí estaré.
Recuerdo la segunda vez que lo vi, en
la que realmente fui consciente de lo que tenía delante. Piel,
hueso, músculos y alma dedicados al teatro, exudando emociones y
energía por cada poro. Haciendo que algún punto escondido en tu
estómago tirase hacia él, hacia el escenario.
La primera vez fue en Un paso adelante,
serie de antena3 que dejó por miedo a encasillarse. Uno de mis
personajes preferidos que desapareció al no pasar de curso. Pero no
pasó de ahí. Hasta que llegó esa segunda vez: Cabaret. MC es uno
de los mejores personajes de ese musical, y un joven Asier lo llevó
a la cumbre. Recuerdo los aplausos a Natalia Millán y Manuel
Banderas y de repente, sale Asier: el público se levanta, grita,
vitorea... Él llora y ríe.
Ahora Asier ha crecido. Al menos como
artista (no entraré a valorar como persona a alguien que se pone a
un metro de mí y me deja sin aliento, sin palabras y sin pensamiento
coherente. Anoche lo comprobé. Total desconocimiento en ese
aspecto). Ya no llora. Ya no se sorprende. Ya asume ese papel, ese
rol, el de que él lo vale. No es un secundario. Es un total
protagonista que llena el teatro de espectadores, y el escenario de
arte.
Posteriormente a Cabaret, me perdí El
Infierno. Pero no El sueño de una noche de verano. Yo,
anti-Shakespeare (no leído, no de sus obras, sino las adaptaciones),
quedé de nuevo clavada en la butaca, deseando verlo pronto en otro
papel más acorde con lo que él ofrece, con las vísceras que
muestra y que remueve.
Así llega Barroco. Pocos días, que me
cogen con visita en Madrid. Y allí que las llevé. Obra extraña,
contemporánea, que une a la química que desprende Asier a una
perfecta Blanca Portillo. Salir de ahí enamorada del teatro. Y a la
vez con un punto de envidia a esa gente, esos artistas capaz de
encontrar las emociones, moldearlas y mostrarlas, exhibirlas hasta el
punto que son dolorosas para el resto de los mortales, los que las
escondemos disfrazadas de impasibilidad, de savoir faire.
Posteriormente llegan tres clásicos:
Hamlet, Medea y Homero la Iliada. De estas tres soy muy consciente de
haberme perdido Hamlet, ya que no sólo sale él sino también Blanca
Portillo. Se empieza a notar la crisis y ya tengo medio pie en
Barcelona.
No me pierdo La avería, dirigida por
Blanca Portillo. Una gran obra con la que me despedí definitivamente
(no en mis sueños) de Madrid.
Y por fin, tras no haber podido ver La
Chunga, me reencuentro de nuevo con Asier en El Intérprete. Ese
trocito cultural y sobretodo, emocional hasta lo más hondo de las
entrañas que no he encontrado en nadie más. Descaro, diversión,
rabia, alegría, dolor... Todo pasa por la cara, por la piel, por los
gestos, de este monstruo de la interpretación. De este actor. De este cantante. De ese intérprete. Y durante dos horas
eres absorvido por ese caudal lunático, por esa montaña rusa, y
escuchas tu corazón, (tuc-tuc... tuc-tuc...) mientras tu estómago
mantiene el ritmo. Y no sólo mueve tus entrañas. Asier, sexual,
erótico, divertido, cabaretero... Convierte por un día, tu cuerpo y
tu alma en alteración pura. En todos los sentidos. Y es que quieres
disfrutarlo con todos los sentidos.
“Defiende tu sombrero por ridículo
que parezca”