martes, 29 de octubre de 2013

El Intérprete. Asier Etxeandía.

Ayer fui al teatro. Asier Etxeandia. Una de las cosas que más echo de menos de no vivir en Madrid es poder ir a verle cada vez que estrena algo. Y después de lo de ayer, espero que no deje de presentar en Barcelona, aunque sea un sólo día. Allí estaré.

Recuerdo la segunda vez que lo vi, en la que realmente fui consciente de lo que tenía delante. Piel, hueso, músculos y alma dedicados al teatro, exudando emociones y energía por cada poro. Haciendo que algún punto escondido en tu estómago tirase hacia él, hacia el escenario.

La primera vez fue en Un paso adelante, serie de antena3 que dejó por miedo a encasillarse. Uno de mis personajes preferidos que desapareció al no pasar de curso. Pero no pasó de ahí. Hasta que llegó esa segunda vez: Cabaret. MC es uno de los mejores personajes de ese musical, y un joven Asier lo llevó a la cumbre. Recuerdo los aplausos a Natalia Millán y Manuel Banderas y de repente, sale Asier: el público se levanta, grita, vitorea... Él llora y ríe.
Ahora Asier ha crecido. Al menos como artista (no entraré a valorar como persona a alguien que se pone a un metro de mí y me deja sin aliento, sin palabras y sin pensamiento coherente. Anoche lo comprobé. Total desconocimiento en ese aspecto). Ya no llora. Ya no se sorprende. Ya asume ese papel, ese rol, el de que él lo vale. No es un secundario. Es un total protagonista que llena el teatro de espectadores, y el escenario de arte.

Posteriormente a Cabaret, me perdí El Infierno. Pero no El sueño de una noche de verano. Yo, anti-Shakespeare (no leído, no de sus obras, sino las adaptaciones), quedé de nuevo clavada en la butaca, deseando verlo pronto en otro papel más acorde con lo que él ofrece, con las vísceras que muestra y que remueve.

Así llega Barroco. Pocos días, que me cogen con visita en Madrid. Y allí que las llevé. Obra extraña, contemporánea, que une a la química que desprende Asier a una perfecta Blanca Portillo. Salir de ahí enamorada del teatro. Y a la vez con un punto de envidia a esa gente, esos artistas capaz de encontrar las emociones, moldearlas y mostrarlas, exhibirlas hasta el punto que son dolorosas para el resto de los mortales, los que las escondemos disfrazadas de impasibilidad, de savoir faire.

Posteriormente llegan tres clásicos: Hamlet, Medea y Homero la Iliada. De estas tres soy muy consciente de haberme perdido Hamlet, ya que no sólo sale él sino también Blanca Portillo. Se empieza a notar la crisis y ya tengo medio pie en Barcelona.

No me pierdo La avería, dirigida por Blanca Portillo. Una gran obra con la que me despedí definitivamente (no en mis sueños) de Madrid.

Y por fin, tras no haber podido ver La Chunga, me reencuentro de nuevo con Asier en El Intérprete. Ese trocito cultural y sobretodo, emocional hasta lo más hondo de las entrañas que no he encontrado en nadie más. Descaro, diversión, rabia, alegría, dolor... Todo pasa por la cara, por la piel, por los gestos, de este monstruo de la interpretación. De este actor. De este cantante. De ese intérprete.  Y durante dos horas eres absorvido por ese caudal lunático, por esa montaña rusa, y escuchas tu corazón, (tuc-tuc... tuc-tuc...) mientras tu estómago mantiene el ritmo. Y no sólo mueve tus entrañas. Asier, sexual, erótico, divertido, cabaretero... Convierte por un día, tu cuerpo y tu alma en alteración pura. En todos los sentidos. Y es que quieres disfrutarlo con todos los sentidos.

“Defiende tu sombrero por ridículo que parezca”


viernes, 11 de octubre de 2013

Una cuestión de tiempo

 
Director y guión: Richard Curtis
Música: Nick Laird-Clowes
Fotografía: John Guleserian
Reparto: Domhnall Gleeson, Rachel McAdams, Bill Nighy, Tom Hollander, Margot Robbie, Rowena Diamond, Vanessa Kirby, Lindsay Duncan, Matt Butcher, Lee Asquith-Coe
 
Sinopsis: "Tim Lakees un joven de 21 años que descubre que puede viajar en el tiempo. Su padre le cuenta que todos los hombres de la familia han tenido desde siempre ese don, el de regresar en el tiempo a un momento determinado, una y otra vez, hasta conseguir hacer "lo correcto"."

Creo que me puedo declarar oficialmente semiretirada de este blog. No sé si por pocas cosas que contar, poca inspiración... Poco, en general.

Una de las especializaciones que podían intuirse en mi blog era el cine. Caía una película mínimo a la semana que luego comentaba más o menos alegremente. Pero hace meses que ni voy tanto ni tengo tanto que decir y acabo conformándome con un tuit.

Pero esta película merece ser mencionada (y me parece increíble, cuando en realidad debería estar en Sitges disfrutando del cine de terror), aunque sólo sea por el hecho de irse cruzando en mi camino hasta que ha conseguido moverme del sofá. Me tocó ir al preestreno pero las estrellas se fueron uniendo para impedir que fuera, y así, en el último minuto, me lo tuve que perder. Pero a la semana siguiente un email me explica que nunca llegó a proyectarse y que tengo una nueva oportunidad, así que ni me lo pienso. Un guión de Richard Curtis siempre es un placer. Se le puede acusar de ñoño, pero siempre hay de fondo un punto de mala leche, de acidez, que no te permite dejar de sonreír.

Una historia con altibajos con dos parejas centrales que enamoran. Los padres, aunque no se les muestra juntos, transmiten la complicidad y el conocimiento de los años de una vida compartida. Los protagonistas irradian química, a la par que simpatía y grandes dosis de optimismo. Un tío y una hermana a los que quieres con sus rarezas. Hacen que parezca que la vida es fácil incluso cuando no lo es. Y por eso, por pasar un rato acompañad@ de esta gente, sales de la sala sonriendo, con ganas de ver a los tuyos y de disfrutar hasta de los días malos.

Como gran "pero" (aunque superable porque la peli deja buen sabor de boca) es el cambio de tema hacia el final, pasando de ser una comedia romántica que estás disfrutando entre la ternura y la carcajada, a ser un drama familiar que te pone un nudo en el estómago y llena los ojos de lágrimas. Así, sin avisar. Y por eso al salir tienes una doble sensación. Pero las dos sensaciones te llevan a las ganas de cercanía, de mimos, de las muestras de afecto que normalmente guardamos para ocasiones muy puntuales. Y son ganas de dar tanto como de recibir. Y creedme, la que escribe esto no es gran fan de los abrazos...