viernes, 5 de julio de 2013

Confundiendo generaciones


 
Bcn es supuestamente (y realmente, quizás) ciudad de grandes ofertas lúdicas y culturales. Si alguien organiza bien su agenda es casi imposible no tener nada que hacer. Pagando más o menos. Aquí, en nuestra ciudad, normalmente más, que menos.

Desde que volví el número de salidas es escaso y de poca originalidad. Mismos sitios, que no entusiasman, misma gente, que he de perseguir durante semanas para encontrar hueco en su agenda. Misma ciudad de la que me fui. Horas de trabajo y compromisos varios que no me dejan acercarme a los eventos gratuitos. O quizás busco excusas mientras me sumerjo cada vez más en una mezcla de apatía y desilusión.

Ayer tenía que ser una excepción de este círculo en el que giro y acudimos a la propuesta de una supuesta fiesta gratuita con música de los 80. La cosa prometía: bailoteo, todos de blanco, contraseña para entrar gratis… Y ahí fuimos. Ocho personas entre los 22 y los 37 años dispuestos a saltar con Los Refrescos, Hombres G y Alaska, encontramos un buen repertorio musical de los 70 (el dj no debe tener Wikipedia), y con unos  asistentes al lugar cuya media de edad no debía bajar de los 55 años. A pesar de esto cantamos y bailamos, siempre manteniendo la distancia con esos caballeros canosos y tripones que prometen una próxima y generosa jubilación, así como señoras que acabaron en su momento con la existencia de bótox y agua oxigenada de la ciudad, y que merodean caninas ante la imagen de carne fresca. Esos hombres sonrisa torcida y ceja arqueada, con hilillo de baba en la comisura. Mujeres que se pavonean como si todavía mantuvieran la flexibilidad y que a la que te descuidas plantan una delantera más o menos conservada en la nariz de tu novio, ante tu sorpresa y carcajada, reacción que a su vez provoca las malas miradas, realmente terroríficas desde esos ojos que entre surcos hablan de desesperación, soledad y últimos tiros. Una visión que no sabes si son imágenes de un futuro más o menos lejano. Un resultado que hará que nos pensemos dos veces el momento de proponer otra salida. La oferta se empieza a reducir a guiris, abuelos o gafapastas. Y es que Barcelona es muy cosmopolita y moderna. Así nos va.

Y con este panorama, dos horas de baile en un geriátrico hormonalmente revolucionado, se cerró el primer jueves que salía en tres meses. Con las ganas desde el inicio de la noche de no moverme del sofá, intuyendo que no valía demasiado la pena. Y equivocándome realmente. Porque al final, aunque las energías eran escasas, la semana dura y los siguientes días no pintaban mejor, lo que importa es la compañía y con quién vuelves a casa. O si por fin casa empieza a ser simplemente el sitio donde aterricemos juntos.

“Si quieres estar conmigo, será conmigo” (Olvídate de mí!)