Esta semana vi “Requisitos para ser
una persona normal”. Me gustó la idea, el guión, y la naturalidad
de Leticia Dolera, cuqui donde las halla, dándole una entrañabilidad
brutal a su personaje, que debería rozar el patetismo, pero no, queda
envuelto en un aura de amabilidad que no importan sus circunstancias ni las situaciones en las que acabe metida.
Es una pelicula que te hace pensar:
¿Quién no se ha planteado nunca su normalidad? Y para poder
comprobarlo, facilita una lista: Casa, Trabajo, Pareja, Vida Social,
Vida Familiar, Aficiones, Ser feliz (creo que no me olvido ninguna).
Creo que hoy, a mis 35 años, las
cumplo todas. Y aun así nunca me he acabado de sentir una persona
“normal”. O mejor dicho, sigo sin saber qué es una persona
“normal”. Estos requisitos, efectivamente, son los que te imponen
desde la infancia. Es a lo que todos debemos aspirar (y alguno más,
no nos engañemos). Pero son todos bastante superficiales. No se
habla de la linea de pensamientos que acompaña a cada persona. De
sus emociones. Del cristal con el que mira la vida. ¿Es lo normal lo
que quiere la mayoría? ¿Si la mayoría me repatea el higadillo, es
que soy anormal, aunque en mi vida diaria no se note?
En mi caso, la “normalidad” aquí
definida, ha supuesto pensar mucho menos en la gente, en el mundo o
en mí y dedicar las horas en correr de arriba a abajo, para limpiar
la casa, cumplir en el trabajo, dedicar tiempo a la pareja y a los
amigos sin dejar de dedicárselo a mis aficiones, ver de vez en
cuando a mis padres y abuela y sentirme todo lo feliz que pueda en
este contexto. Pues no quiero sentirme. Quiero sentarme. Y poder
volver a leer, a desconectar, a desaparecer, a no tener tantas cosas
ocupando mi universo que al final me pierdo en él y transformo la
normalidad en una serie de obligaciones entre las que me pierdo a mí
misma...