Bcn es supuestamente (y realmente, quizás) ciudad de grandes
ofertas lúdicas y culturales. Si alguien organiza bien su agenda es casi
imposible no tener nada que hacer. Pagando más o menos. Aquí, en nuestra
ciudad, normalmente más, que menos.
Desde que volví el número de salidas es escaso y de poca
originalidad. Mismos sitios, que no entusiasman, misma gente, que he de
perseguir durante semanas para encontrar hueco en su agenda. Misma ciudad de la
que me fui. Horas de trabajo y compromisos varios que no me dejan acercarme a
los eventos gratuitos. O quizás busco excusas mientras me sumerjo cada vez más
en una mezcla de apatía y desilusión.
Ayer tenía que ser una excepción de este círculo en el que
giro y acudimos a la propuesta de una supuesta fiesta gratuita con música de
los 80. La cosa prometía: bailoteo, todos de blanco, contraseña para entrar
gratis… Y ahí fuimos. Ocho personas entre los 22 y los 37 años dispuestos a
saltar con Los Refrescos, Hombres G y Alaska, encontramos un buen repertorio
musical de los 70 (el dj no debe tener Wikipedia), y con unos asistentes al lugar cuya media de edad no
debía bajar de los 55 años. A pesar de esto cantamos y bailamos, siempre
manteniendo la distancia con esos caballeros canosos y tripones que prometen
una próxima y generosa jubilación, así como señoras que acabaron en su momento
con la existencia de bótox y agua oxigenada de la ciudad, y que merodean caninas
ante la imagen de carne fresca. Esos hombres sonrisa torcida y ceja arqueada,
con hilillo de baba en la comisura. Mujeres que se pavonean como si todavía
mantuvieran la flexibilidad y que a la que te descuidas plantan una delantera
más o menos conservada en la nariz de tu novio, ante tu sorpresa y carcajada,
reacción que a su vez provoca las malas miradas, realmente terroríficas desde
esos ojos que entre surcos hablan de desesperación, soledad y últimos tiros.
Una visión que no sabes si son imágenes de un futuro más o menos lejano. Un resultado que hará que nos pensemos dos veces el momento de proponer otra salida. La oferta se empieza a reducir a guiris, abuelos o gafapastas. Y es que Barcelona es muy cosmopolita y moderna. Así nos va.
Y con este panorama, dos horas de baile en un geriátrico
hormonalmente revolucionado, se cerró el primer jueves que salía en tres meses.
Con las ganas desde el inicio de la noche de no moverme del sofá, intuyendo que
no valía demasiado la pena. Y equivocándome realmente. Porque al final, aunque
las energías eran escasas, la semana dura y los siguientes días no pintaban
mejor, lo que importa es la compañía y con quién vuelves a casa. O si por fin
casa empieza a ser simplemente el sitio donde aterricemos juntos.
“Si quieres estar conmigo, será conmigo” (Olvídate de mí!)
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