Creo que me puedo declarar oficialmente semiretirada de este blog. No sé si por pocas cosas que contar, poca inspiración... Poco, en general.
Una de las especializaciones que podían intuirse en mi blog era el cine. Caía una película mínimo a la semana que luego comentaba más o menos alegremente. Pero hace meses que ni voy tanto ni tengo tanto que decir y acabo conformándome con un tuit.
Pero esta película merece ser mencionada (y me parece increíble, cuando en realidad debería estar en Sitges disfrutando del cine de terror), aunque sólo sea por el hecho de irse cruzando en mi camino hasta que ha conseguido moverme del sofá. Me tocó ir al preestreno pero las estrellas se fueron uniendo para impedir que fuera, y así, en el último minuto, me lo tuve que perder. Pero a la semana siguiente un email me explica que nunca llegó a proyectarse y que tengo una nueva oportunidad, así que ni me lo pienso. Un guión de Richard Curtis siempre es un placer. Se le puede acusar de ñoño, pero siempre hay de fondo un punto de mala leche, de acidez, que no te permite dejar de sonreír.
Una historia con altibajos con dos parejas centrales que enamoran. Los padres, aunque no se les muestra juntos, transmiten la complicidad y el conocimiento de los años de una vida compartida. Los protagonistas irradian química, a la par que simpatía y grandes dosis de optimismo. Un tío y una hermana a los que quieres con sus rarezas. Hacen que parezca que la vida es fácil incluso cuando no lo es. Y por eso, por pasar un rato acompañad@ de esta gente, sales de la sala sonriendo, con ganas de ver a los tuyos y de disfrutar hasta de los días malos.
Como gran "pero" (aunque superable porque la peli deja buen sabor de boca) es el cambio de tema hacia el final, pasando de ser una comedia romántica que estás disfrutando entre la ternura y la carcajada, a ser un drama familiar que te pone un nudo en el estómago y llena los ojos de lágrimas. Así, sin avisar. Y por eso al salir tienes una doble sensación. Pero las dos sensaciones te llevan a las ganas de cercanía, de mimos, de las muestras de afecto que normalmente guardamos para ocasiones muy puntuales. Y son ganas de dar tanto como de recibir. Y creedme, la que escribe esto no es gran fan de los abrazos...
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