Un post titulado así, debería ir
seguido de un (I), ya que seguramente podría hablar cada día del
año sobre el tema. Como no tiendo a escribir últimamente, lo dejaré
así, raso, como quien no va a volver a mencionarlo...
Vivir en una ciudad me pone muy
nerviosa. Mucho. El individualismo salvaje que roza la agresión a
los demás. Pura supervivencia pasando por encima de otros.
El metro es un gran ejemplo: cientos de
personas hacinadas, cada una con sus problemas y preocupaciones y sin
la capacidad de echar un vistazo a su alrededor para ver si puede
hacerle la vida menos difícil a alguien. Carreras para entrar y
salir. Para conseguir asiento, seas joven, turista, sano o enfermo,
estés de vacaciones o hayas trabajado 12h. Sea como sea, TÚ
necesitas más ese asiento que cualquier otra persona. Gente que
corre por el pasillo atropellando a quien se le cruce. La que camina
como si estuviera paseando por un prado floreado y obstruye el paso a
todos los que tienen prisa. Los que buscan retadoramente con quién
podrían pelear. Los que manchan por donde pasan con su bebida,
comida o fluidos corporales, sin importar que luego alguien querrá
utilizar el mismo espacio. Es un pequeño mundo en los subsuelos del
nuestro. Capítulo a parte me merecería las peleas que he visto, o
los desvanecimientos, en los que nadie hace nada y sigue mirando la
pantalla del teléfono rezando que sea lo que sea lo que pase, no le
afecte a él/ella.
Cuando veo estas cosas pienso que se ha
acabado todo. Nuestra civilización ha destruido el civismo. Somos
egoístas por naturaleza y como animales que somos, la lucha por los
recursos es algo primordial.
Pero hay días como ayer, que pienso
que no todo es cuestión de la naturaleza. Que el ritmo diario, la
recompensa a la lucha vs. el castigo al civismo, hace que la gente
que abogaría por una buena convivencia, decida pasarse al otro
bando.
No es la primera vez que vivo esta
situación (que me da mucha rabia) pero sí la primera que veo a una
pareja de más de 70 años afectada, lo que aumenta mi enfado.
Noche de fin de año. Diagonal, L5.
Sobre la 1:30. Llega el metro. Muy lleno. Tranquila y cívicamente la
gente empieza a bajar, mientras los que estamos en el andén
esperamos en un costado. Cuando aun falta una fila como de 10
personas para salir, el conductor hace sonar el silbato que impediría
subir o bajar. En un momento total de tranquilidad y civismo, la
gente sigue esperando que salgan, mientras siguen bajando a su ritmo.
Cuando acaban de salir, esta pareja mayor (yo iba justo detrás de
ellos) van a entrar, cuando el conductor inicia el cierre de la
puerta, que aguantamos entre la señora y yo. Y aguantando la puerta
entramos todos los que estábamos en el andén. No demasiados.
Incluso conseguimos asiento. No era una cuestión de aforo. Eran las
prisas del conductor.
Ayer salió bien. Fuimos cívicos y tranquilos. Como asumiendo que ya de por sí la noche de fin de año acarrea alguna molestia. Pero esto es una costumbre muy arraigada en la L5 de TMB de Barcelona: que suene la señal antes de que acabe de salir la gente. Normalmente pasa en Sagrera, y he vivido dos reacciones: que la gente, cívicamente, espere a que acaben de bajar, y se quede con cara de tonta cuando el conductor cierra la puerta en sus narices, o que, al contrario, y habiendo aprendido de otras experiencias, a la que oye el silbato entre a empujones por no quedarse de nuevo en el andén, no dejando bajar, por pura supervivencia.
Un castigo al civismo, un premio a la
competición. Patrocinado por los conductores de metro de Barcelona.
Sí, Barcelona es una ciudad dura.
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