domingo, 1 de enero de 2017

El fin del civismo

Un post titulado así, debería ir seguido de un (I), ya que seguramente podría hablar cada día del año sobre el tema. Como no tiendo a escribir últimamente, lo dejaré así, raso, como quien no va a volver a mencionarlo...

Vivir en una ciudad me pone muy nerviosa. Mucho. El individualismo salvaje que roza la agresión a los demás. Pura supervivencia pasando por encima de otros.

El metro es un gran ejemplo: cientos de personas hacinadas, cada una con sus problemas y preocupaciones y sin la capacidad de echar un vistazo a su alrededor para ver si puede hacerle la vida menos difícil a alguien. Carreras para entrar y salir. Para conseguir asiento, seas joven, turista, sano o enfermo, estés de vacaciones o hayas trabajado 12h. Sea como sea, TÚ necesitas más ese asiento que cualquier otra persona. Gente que corre por el pasillo atropellando a quien se le cruce. La que camina como si estuviera paseando por un prado floreado y obstruye el paso a todos los que tienen prisa. Los que buscan retadoramente con quién podrían pelear. Los que manchan por donde pasan con su bebida, comida o fluidos corporales, sin importar que luego alguien querrá utilizar el mismo espacio. Es un pequeño mundo en los subsuelos del nuestro. Capítulo a parte me merecería las peleas que he visto, o los desvanecimientos, en los que nadie hace nada y sigue mirando la pantalla del teléfono rezando que sea lo que sea lo que pase, no le afecte a él/ella.

Cuando veo estas cosas pienso que se ha acabado todo. Nuestra civilización ha destruido el civismo. Somos egoístas por naturaleza y como animales que somos, la lucha por los recursos es algo primordial.

Pero hay días como ayer, que pienso que no todo es cuestión de la naturaleza. Que el ritmo diario, la recompensa a la lucha vs. el castigo al civismo, hace que la gente que abogaría por una buena convivencia, decida pasarse al otro bando.

No es la primera vez que vivo esta situación (que me da mucha rabia) pero sí la primera que veo a una pareja de más de 70 años afectada, lo que aumenta mi enfado.

Noche de fin de año. Diagonal, L5. Sobre la 1:30. Llega el metro. Muy lleno. Tranquila y cívicamente la gente empieza a bajar, mientras los que estamos en el andén esperamos en un costado. Cuando aun falta una fila como de 10 personas para salir, el conductor hace sonar el silbato que impediría subir o bajar. En un momento total de tranquilidad y civismo, la gente sigue esperando que salgan, mientras siguen bajando a su ritmo. Cuando acaban de salir, esta pareja mayor (yo iba justo detrás de ellos) van a entrar, cuando el conductor inicia el cierre de la puerta, que aguantamos entre la señora y yo. Y aguantando la puerta entramos todos los que estábamos en el andén. No demasiados. Incluso conseguimos asiento. No era una cuestión de aforo. Eran las prisas del conductor.

Ayer salió bien. Fuimos cívicos y tranquilos. Como asumiendo que ya de por sí la noche de fin de año acarrea alguna molestia. Pero esto es una costumbre muy arraigada en la L5 de TMB de Barcelona: que suene la señal antes de que acabe de salir la gente. Normalmente pasa en Sagrera, y he vivido dos reacciones: que la gente, cívicamente, espere a que acaben de bajar, y se quede con cara de tonta cuando el conductor cierra la puerta en sus narices, o que, al contrario, y habiendo aprendido de otras experiencias, a la que oye el silbato entre a empujones por no quedarse de nuevo en el andén, no dejando bajar, por pura supervivencia.
Un castigo al civismo, un premio a la competición. Patrocinado por los conductores de metro de Barcelona.


Sí, Barcelona es una ciudad dura.  

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