Ice Age 4 como final de fiestas. Unas
fiestas abstemias por culpa del antibiótico. Un antibiótico que no
hace efecto, teniéndome congelada en un perpetuo catarro, que no me
deja respirar, ni dormir, ni... Unas fiestas en las que a pesar de
beber agua, recupero la adolescencia, las pandillas, los escarceos,
esos “el día siguiente” incómodos y a la vez divertidos.
Conciertos esperados. Primera vez que veo a Pastora. Activa,
divertida, contagian su alegría. Reencuentro con Hotel Cochambre y
pierdo la poca voz que había recuperado. Billar. Dardos que quedan
pendientes. Rosas rojas y cubos de agua. Castillos de fuegos
artificiales desde la playa y retirarme antes de tiempo porque la
fiebre me arrastra a la cama. Por suerte (o confusión) siempre nos
queda dormir. O dejar que nos despierten. Y todo esto acompañado por
los reencuentros. Conocer a una prima que ya se ha hecho adulta. Y no
echar de menos a su hermano. Desilusionarte por nuevas amistades que
caen antes de forjarse y alegrarse por las que han vuelto.
Y de todo esto, dos días después,
quedan la fiebre, la afonía, y las amistades más consolidadas. Las
que se fueron durante las fiestas, es difícil que vuelvan. Y las que
sólo tenían que ver con estas fechas de horarios descontrolados,
quizás no las reencuentre hasta carnaval. Y con todo, ha valido la
pena.
Tras dos días encerrada en casa
intentando (inútilmente) recuperarme, he bajado al cine a ver Ice
Age 4. Sin grandes expectativas, ya que la tercera me defraudó
bastante, me siento grátamente sorprendida al ver recuperarse (eso
sí, sin sorpresa ni novedad ninguna) la personalidad base de cada
personaje, sin diluirse por nuevos secundarios que pretendan
quitarles protagonismo. Los mismos chistes, los mismos diálogos, que
cumplen a la perfección la función de dar el entretenimiento que se
espera, sin gastar energía en intentar innovar. Mucho mejor que la
anterior.
Lo que no quiere decir que valga la pena pagar para verla.
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