sábado, 28 de septiembre de 2013

Rafa Pons

No iba a un concierto de Rafa desde 2011. Fatídico año dónde dejé Madrid. No lo había visto en Bcn desde mi vuelta, pero suspiraba cada vez que veía que tocaba en el Búho Real. Rafa no sólo es música. Es recuerdos. Risas. Y cerveza. Pero ésta ha de ir siempre en buena compañía y aquí no acababa de encontrar quién, algo provocado en parte por la añoranza y las odiadas comparaciones. La frialdad catalana se nota en los conciertos aquí. Es algo que flota en el ambiente y que casi (sólo casi) consigue dejarme pegada al taburete. Por eso, en la agenda sigo mirando cuándo toca en mi otra ciudad.

Ayer por fin, con visita de A. en Bcn, volvimos a cruzarnos. Ella es viejos tiempos. Ella es casa. Ella es siempre y por eso la compañía ideal. Me lo encuentro igual de sonriente. O quizás más. Parece feliz. Y disfruto con sus historias. Muchas novedades desde la última vez.
Empieza con dos de las canciones que menos me gustan. Pero a partir de ahí, a pesar de faltar alguna mítica (¿Un Rafa Pons sin Malaputa?) no puedo dejar de subir. Por las que me encantan, por las que aparece Santi de sorpresa y no puedo evitar saltar, y sobretodo por las novedades, esas que han hecho que después de estar un rato sin poder parar de reirme, no pueda (o quiera) esperar a que salga el nuevo disco para tenerlas en casa.

Y como siempre que voy a un concierto de Rafa, es imposible irse luego directa a casa. A pesar de haber dormido tres horas y trabajado diez, las energías que transmite no deben ser desperdiciadas. Siempre sabes dónde y cómo empiezas la noche. Siempre es una sorpresa cómo acabará.






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