Domingo. 8:30am. Intento leer en el
tren mientras una fogosa pareja decide que no puede esperar llegar a
su casa ni a un hotel, ante la atenta, divertida, y parece que
satisfecha mirada de su amigo. El resto del vagón fingimos seguir
enfrascados en nuestro libro, nuestra música, o esas cabezadas
matinales. Unos con más éxito que otros. Pero a ellos no parece
molestarles. Se bajan un par de paradas después. Ella se mira en la
ventana desde la parte exterior del vagón, intentando colocar de
nuevo cada pelo en su sitio.
Retomo el libro con una nueva y
revitalizada concentración, y a punto de llegar a la siguiente
estación, una voz masculina pregunta a la chica que va sentada
detrás mío si el tren va dirección Barcelona. Ante la respuesta
afirmativa, el propietario de la voz, un chaval de no más de 20
años, encamisado, con pinta de niño bien, entra en pánico y se
lanza contra la puerta. Pero el silbato de aviso ya suena, y de nuevo
arrancamos, mientras él grita “¡No se abre!” Le cuenta a la
chica que lleva más de dos horas así, intentando llegar a su
destino “pero las puertas no se abren y debo dar la vuelta”. Le
pide hacer una llamada con su móvil, porque él no tiene batería y
le gustaría poder avisar a su padre de que está bien. Mientras ella
marca el teléfono le advierte que si se pasa la siguiente parada, ya
anunciada, llegará a Barcelona. Él decide no hacer la llamada y
bajar del tren. Atraviesa el vagón diciendo: “Y así llevo dos
horas, de aquí para allá, pero nunca llego”. Cuando ya no está,
el resto del vagón no sabe si cruzar miradas. Se escucha una voz:
“¿pero ese chico tenía un problema, no?” “¿Uno sólo?”,
pienso, mientras de nuevo vuelvo a mi libro.
Pero no me lo quito de la cabeza. Hace
unos meses hablaba con una amiga del fenómeno de las circularidades:
esforzarte hasta el máximo nivel de tu energía para acabar dando
una vuelta completa y aparecer en el punto de partida. Hablábamos de
los mundos laboral y formativo. De hipotecas y alquileres. ¿Pero
puede una definición tan abstracta como esta concretarse en un
chaval metido en un bucle de recorridos ferroviarios? ¿Seguirá en
algún tren, esforzándose por llegar a un punto que nunca está, que
siempre se convierte de nuevo en el principio? ¿Es lo que hacemos
todos? ¿Perdemos trenes y destinos porque las puertas no se abren y
algún gamberro ha robado el martillo que rompería las ventanas?
“¿No te ocurre nunca que el mundo te supera por todas partes?”
(Mi vida sin mí)
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