María tiene prisa. Ha salido tarde del trabajo y la canguro hace rato que debería haberse ido. La reunión se ha alargado demasiado y ni siquiera ha tenido tiempo de avisarla para que se pudiera organizar. Decide atajar. No oye el tren. Es el último atajo que coje.
Rebeca acaba de salir del médico. Cáncer. No puede enfrentar los meses de tratamiento por las pocas posibilidades que le han ofrecido los médicos. No podrá resistir las miradas de su familia. Prefiere saltar.
Ninguno de ellos piensa en los demás. Es su momento. Su escena final. Pero mientras, Carlos va en el tren, ilusionado hacia su primera cita. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿Cómo podrá justificar llegar una hora tarde? ¿Se esperará ella? Pedro ha salido cansado de trabajar. No esperaba aguantar toda la jornada, tras pasar el fin de semana a base de antiinflamatorios, pero no ha sido tan duro. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? Los asientos empiezan a hacer efecto en sus lesiones. Carla está ilusionada. Hace un mes que compró las entradas para el teatro. La obra empieza en breve. Las entradas están agotadas para toda la temporada. Ella fue rápida. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿En serio va a quedarse sin ver la obra? Laura vuelve del viaje. Sueña con la ducha y la lavadora. Va hablando con Pablo, que va a coger un tren en Sants. El contraste entre el que inicia unas vacaciones y la que vuelve. Frenazo. “Con motivo de un arrollamiento...” No se lo puede creer. ¿Quién habrá sido el inútil? ¿En qué estaba pensando? ¿Cuándo llegarán a su destino?
Y así es como sin planearlo, Toni, María, o Rebeca, se convierte en una de esas personas que en un ataque de egocentrismo no sólo arruinan su vida y la de su familia, sino que también trastocan cientos de ellas, realizando una gran escena final. Consiguiendo su minuto de gloria. O eso creen. Porque a la hora de la verdad, cuando reanuden el viaje del tren, Carlos y Carla hace rato que han cogido un autobús, porque ellos si tienen un motivo para seguir viviendo el día. Pedro se ha metido tanto en el libro que lee que ni se entera cuando pasa por el punto negro. Laura y Pablo están encantados del rato pasado esperando, y piensan, en silencio, cuándo será la próxima vez que se vean. Porque la vida sigue. Porque al final, su última gran escena, no ha sido más que un pequeño inconveniente en el ritmo diario de todos los demás, que cuando se acuesten más tarde que de costumbre, en lo único que pensarán es en lo poco que falta para que suene el despertador.
“Estoy solo,
pero no soy el único que lo está, todos estamos solos, solos para
siempre.” (Diario de un rebelde)
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