sábado, 15 de diciembre de 2012

Despedir en tiempos revueltos

Despedir está de moda. Porque tenemos pérdidas, porque no tenemos suficientes beneficios, porque uno puede hacer el trabajo de tres por menos dinero...

Y yo he caido en la empresa que decide luchar contra las modas, aunque el despido sea más que justificado. De repente, tras mes y medio de tomaduras de pelo, de mostrar una inmadurez propia de estudiante y no de responsable de equipo, de haber crispado los nervios de todos sus superiores, parece ser que ella se queda. Se quedará por el miedo a despedir. Por el no saber cómo enfrentar la conversación. No se ha necesitado nunca tenerla anteriormente, y parece que mi jefa no escuchó nunca eso de “más vale una vez roja que veinte colorá”. Y por este motivo ha decidido esperar (sin confesión directa, con mil excusas y llevándose en ello todos mis planes de fin de año por delante) que las aguas se calmen. En concreto yo: en su imaginario me serenaré y la otra se convertirá en la empleada modelo. Lo que no ha calculado es que yo no tengo vuelta atrás y que además las “veinte colorá” serán mías, como coordinadora de ese equipo al que ella no tiene que aguantar. Así que mientras espera que un fin de semana de estos (no importa cual, a pesar que está fuera de mi horario, seguro que me pillará allí) aparezcan los teletubbies montados en pequeños ponies para recordarnos lo divertido que es trabajar en armonía, bajo amenaza de enviarnos a los osos amorosos con un saco de piruletas si nos negamos a entrar en razón, yo he de contar hasta mil para cruzar la puerta del centro, y moverme entre la tensión creada. He de mirarla a esa cara que sólo tengo ganas de abofetear.
El primer impulso fue liarla. Me convertí en un saco lleno de rabia. Muerte y destrucción. O ella o yo. Finalmente me he deshinchado. Y es que ese nivel energético no puede mantenerse demasiado tiempo seguido. Ahora el saco sólo contiene derrota, agotamiento y una sensación de injusticia que se transforma en rachas de tristeza. Si se ha de quedar que se quede. Ella que no se cruce en mi camino y yo no me cruzaré en el suyo. Pero en mi mente se sigue mereciendo el despido. Mi jefa no se atreve. A mí no me da la tarea, que haría sin pestañear, porque cree que es su obligación. Y lo único que yo tengo claro es que cuando esa tipa vuelva a la dinámica de desequilibrar equipo, horarios y jefas, será ella la que tenga que encargarse. Desde que en mi mente esa chica merece estar fuera (y con todo el dolor de mi corazón ocupa un puesto de trabajo mientras hay gente mucho más válida en el paro) el perro ya no es mío. Que lo cuide su dueña.




“-¿Nunca te sientes como una pieza de ajedrez, en una partida que se juega sin tu voluntad?
-¿Tu si?
-Constantemente.”(La reina Victoria)

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