Despedir está de moda. Porque tenemos
pérdidas, porque no tenemos suficientes beneficios, porque uno puede
hacer el trabajo de tres por menos dinero...
Y yo he caido en la empresa que decide
luchar contra las modas, aunque el despido sea más que justificado.
De repente, tras mes y medio de tomaduras de pelo, de mostrar una
inmadurez propia de estudiante y no de responsable de equipo, de
haber crispado los nervios de todos sus superiores, parece ser que
ella se queda. Se quedará por el miedo a despedir. Por el no saber
cómo enfrentar la conversación. No se ha necesitado nunca tenerla
anteriormente, y parece que mi jefa no escuchó nunca eso de “más
vale una vez roja que veinte colorá”. Y por este motivo ha
decidido esperar (sin confesión directa, con mil excusas y
llevándose en ello todos mis planes de fin de año por delante) que
las aguas se calmen. En concreto yo: en su imaginario me serenaré y
la otra se convertirá en la empleada modelo. Lo que no ha calculado
es que yo no tengo vuelta atrás y que además las “veinte colorá”
serán mías, como coordinadora de ese equipo al que ella no tiene
que aguantar. Así que mientras espera que un fin de semana de estos
(no importa cual, a pesar que está fuera de mi horario, seguro que
me pillará allí) aparezcan los teletubbies montados en pequeños
ponies para recordarnos lo divertido que es trabajar en armonía,
bajo amenaza de enviarnos a los osos amorosos con un saco de
piruletas si nos negamos a entrar en razón, yo he de contar hasta
mil para cruzar la puerta del centro, y moverme entre la tensión
creada. He de mirarla a esa cara que sólo tengo ganas de abofetear.
El primer impulso fue liarla. Me
convertí en un saco lleno de rabia. Muerte y destrucción. O ella o
yo. Finalmente me he deshinchado. Y es que ese nivel energético no
puede mantenerse demasiado tiempo seguido. Ahora el saco sólo contiene derrota, agotamiento y una sensación de injusticia que se transforma en rachas de tristeza. Si se ha de quedar que se
quede. Ella que no se cruce en mi camino y yo no me cruzaré en el
suyo. Pero en mi mente se sigue mereciendo el despido. Mi jefa no se
atreve. A mí no me da la tarea, que haría sin pestañear, porque
cree que es su obligación. Y lo único que yo tengo claro es que
cuando esa tipa vuelva a la dinámica de desequilibrar equipo,
horarios y jefas, será ella la que tenga que encargarse. Desde que
en mi mente esa chica merece estar fuera (y con todo el dolor de mi
corazón ocupa un puesto de trabajo mientras hay gente mucho más
válida en el paro) el perro ya no es mío. Que lo cuide su dueña.
“-¿Nunca te
sientes como una pieza de ajedrez, en una partida que se juega sin tu
voluntad?
-¿Tu si?
-Constantemente.”(La reina Victoria)
-¿Tu si?
-Constantemente.”(La reina Victoria)
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